Monsieur Tayef

Un escenario en blanco y negro, ponle lluvia si quieres. Cervezas en movimiento dibujando burbujas doradas como raudos cometas de happy hour. Dos comensales en la lista y un invitado extra, el Monsieur Tayef.

De corazón musulmán y entorno católico, este africano txuriurdin cuenta su recorrido como ciudadano del mundo. Rechazo, intereses, conquistas, familia, respeto y melancolía. Su hatillo sin duda pesa demasiado para un solo hombro.

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Asiente con la cabeza al preguntarle si mataría en caso de pasar hambre. Que no se rompa el hatillo de nadie.

Bon courage Monsieur Tayef.

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Algún euro y pico

Yo pensaba que de eso ya no había, que no existía, ya sabes. De temple analógico y de alma mecánica. Pues me equivocaba. Un acierto haber omitido la precaución y haber visitado aquel antro descuidado y secundario, con la maestra de ceremonias durmiendo en el rincón.

Sin querer perturbar su descanso, me acerco a la barra sigiloso y pregunto por ella. Quizás, aunque mayor, siga orquestando de vez en cuándo. Cosa que desearía vivir.

Introduje la moneda y seleccioné el tema. Desperezándose, la gramola despertaba para los siete próximos minutos. Fue amor al primer beat.

Nunca una aguja había hecho tanto daño.

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Make a wish, Darling

Campamentos de verano, actividades al aire libre, campamentos de refugiados y todos a cubierto.

Practicando el arte de pasar desapercibido, driblé a un voluntario y a dos, pero la más hábil esperaba cerrando el embudo. Carpeta en mano sitúa su actividad e informa de su propósito pidiendo colaboración. Un compromiso de cuatro cervezas mensuales son suficientes para que te deje marchar, o son suficientes para que tú seas más productivo.

Uno ya no sabe dónde sonreír, si en Ucrania, en Gaza, en Israel o en su casa. Pide un deseo y sopla fuerte.

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Doble 27

Un color, tres tiradas, tres dianas de tres dardos. Dos dobles y una simple. Una ronda con dos hielos y tres puñados de burbujas. Cacahuetes en cesta y cáscaras al suelo. Un ambiente hostil para un amateur de las flechas de plástico.

El vapor de los cigarros electrónicos nublaba la tasca y empañaba mis lentes. El volumen de las conversaciones solapadas irrelevantes distorsionaban mi audio. El serrín de 2013 me desestabilizaba en 2014. Sin embargo, mi concentración seguía inamovible de la alambrada circular que tenía frente a mí.

La manga recogida por cada lanzamiento dejaba entrever mi reloj zef, apreciado por mis adversarios y los banqueteros allí presentes. Tal talismán guiaba mi muñeca hacia el triunfo alzando victorioso mi nombre en el luminoso.

Siguiente, por favor.

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Mientras tanto

No discernía en posición horizontal, apoyado sobre el frío travesaño que atrapé con la sien al caer al suelo. La lluvia emborronaba aún más mi percepción del entorno mientras observaba la cortina de agua bailar descoordinada por las rachas de viento, de izquierda a derecha y de arriba a abajo.

Rodé media vuelta y noté que el pavimento se volvía cómodo, se ablandaba, o es que tal vez mi cabeza se adaptó por el impacto del hierro. Al incorporarme los pajaritos no volaban a mi alrededor, sino que anidaban en mi interior. Aún con dolor por la contusión, la bandada  emprendió el vuelo agarrándome por la camiseta empujándome a la pista.

Y seguí patinando.

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Automatic

Pasaron meses como segundos durante un minuto. Rápido, facile, que dicen en San Fermín los de la bota. No la eché de menos, con todo lo que la había querido. Viajamos juntos y salimos en mil y un fotos, siempre con el sol de acompañante.

Nos conocimos en rebajas en alguna tienda de Inditex. Ella destacaba entre las demás y su saber estar me llamó la atención, de manera que entre una cosa y otra terminamos juntos. Sabía bien a qué me dedicaría profesionalmente y era invitada especial a las cenas de clase de la uni.

Tras una temporada alejados, sienta bien reencontrarse con la prenda que mejor combina el luto con el flúor. Prometo que no te convertiré en una talla L.

Un güisqui doble por favor.

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Plan B de verano

Yendo a morder, a desgastar marfil y a romper  hueso. Rechinando antes de saltar al corro. Calibrando la diestra para atinar en la pera. Porque así funciona, aciertas o acierta.

No me fue bien la aventura tailandesa. Costearme el viaje con unos gramos no mereció la pena. A decir verdad, amigos he hecho y sexo no me falta en el país. Aunque también es cierto que barrotes adentro el show de las pelotas de ping pong cambia un poco. Porque no son de ping pong, entre otras cosas.

Sin ingreso alguno, no puedo pagar mi celda más que siendo compartido o peleando. Prefiero lo segundo. Los reclusos apuestan por un luchador que recibe su parte si se deshace del contrincante. Mientras respire, no cobras. Tras un agónico empate contra Xị̂ Khn x̂wn,  combate en el que me luxé el acromioclavicular, decidí optar por una tercera vía; acudir al taller de carpintería del centro de reinserción.

Comprobé que fabricaban de todo menos puertas para armarios y que no fui el único occidental que erró en su plan A de vacaciones estivales. Al fin y al cabo, hay planes hasta la Z.

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XXVI,5

Sin pólvora en dosis metálicas para la pipa ni un discurso elaborado era de esperar. Besas la lona y salpicas con sudor en el mejor de los casos todo lo que haya a un metro a la redonda. Mueres como un Santo con aureola de las trabajadas de arte moderno sobre roca. Tanto documento audiovisual y practicando frente al espejo para acabar mojando los pantalones. Los mismos que ibas a devolver en rebajas para hacerte con el capricho del mes y no perder así el espíritu de broker que llevas dentro.

Titubeas eléctricamente y suena bien, ecualizas tus cuerdas de manera que ocultas tus dudas y cuela. Aunque hay uno que te observa y pide explicaciones con los ojos secos de no parpadear. Y podrías ser tú.

Empachado de roscón bastardo decides montarte tu emporio repostero ahora que hay crisis. El caso es que falta el delantal con orejas de Goofy para abrir mercado. Pero, ¿desde cuándo ha sido un problema?

Sube el volumen y Feliz Año.

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Apretando el esfínter

Día parcialmente nuboso de temperatura agradable. Ni un alma por la calle. Con el pan bajo el brazo y el periódico arrugado bajo el otro busco desganado las llaves de casa en el bolsillo. Con los dedos rozo lo que parece la cartera. La envuelve un sucio kleenex que aparto para descubrir el manojo. Al aproximarme a la cerradura un tipo sale de golpe del portal y desaparece ante mi resaca. Con lo que pesa la puerta, me ha hecho un favor, pienso.

Puerta

El ascensor averiado, vaya gracia. Subir a un quinto a pata no es agradable sin haber desayunado ibuprofeno tal día como hoy. Cabizbajo miro pasar los peldaños con la boca seca. Varios eructos cubateros después llego a mi descansillo. Astillas sobre el felpudo. Como Pulgarcito siguiendo las miguitas de pan, levanto mi vista hasta los ciento y pocos centímetros del suelo. Me ahorro volver a buscar las llaves. Empujo la cortina de madera y entro.

No me ha hecho un favor, pienso.

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Greyhound

Pobre animal, encerrado en una jaula. Un arma de caza natural pasando hambre y enfermando junto a otros de su raza en dos metros cuadrados. No pude aguantar y elegí a uno, al más joven. Al que tenía cientos de kilómetros aun por sprintar. Bien o mal razonado, dejamos atrás a los adultos, en silencio.

No le iba el vozal aunque lo portaba con estilo. Atado siempre en corto, obedecía mis órdenes. Creaba escuela en Doña Casilda. Nunca un ladrido fuera de tono ni una paloma desplumada delante los niños. Muy considerado. La disciplina se premiaba con salidas dominicales a la finca. Un par de liebres y listo. Hay que verle correr, tienes que mirar dos veces.

¿Y cuando se haga viejo qué? No quiero sogas para perros. Atento, que si se estira el galgo, buen día de caza.

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