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Monsieur Tayef

Un escenario en blanco y negro, ponle lluvia si quieres. Cervezas en movimiento dibujando burbujas doradas como raudos cometas de happy hour. Dos comensales en la lista y un invitado extra, el Monsieur Tayef.

De corazón musulmán y entorno católico, este africano txuriurdin cuenta su recorrido como ciudadano del mundo. Rechazo, intereses, conquistas, familia, respeto y melancolía. Su hatillo sin duda pesa demasiado para un solo hombro.

señora_supermercado

Asiente con la cabeza al preguntarle si mataría en caso de pasar hambre. Que no se rompa el hatillo de nadie.

Bon courage Monsieur Tayef.

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Make a wish, Darling

Campamentos de verano, actividades al aire libre, campamentos de refugiados y todos a cubierto.

Practicando el arte de pasar desapercibido, driblé a un voluntario y a dos, pero la más hábil esperaba cerrando el embudo. Carpeta en mano sitúa su actividad e informa de su propósito pidiendo colaboración. Un compromiso de cuatro cervezas mensuales son suficientes para que te deje marchar, o son suficientes para que tú seas más productivo.

Uno ya no sabe dónde sonreír, si en Ucrania, en Gaza, en Israel o en su casa. Pide un deseo y sopla fuerte.

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Doble 27

Un color, tres tiradas, tres dianas de tres dardos. Dos dobles y una simple. Una ronda con dos hielos y tres puñados de burbujas. Cacahuetes en cesta y cáscaras al suelo. Un ambiente hostil para un amateur de las flechas de plástico.

El vapor de los cigarros electrónicos nublaba la tasca y empañaba mis lentes. El volumen de las conversaciones solapadas irrelevantes distorsionaban mi audio. El serrín de 2013 me desestabilizaba en 2014. Sin embargo, mi concentración seguía inamovible de la alambrada circular que tenía frente a mí.

La manga recogida por cada lanzamiento dejaba entrever mi reloj zef, apreciado por mis adversarios y los banqueteros allí presentes. Tal talismán guiaba mi muñeca hacia el triunfo alzando victorioso mi nombre en el luminoso.

Siguiente, por favor.

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Plan B de verano

Yendo a morder, a desgastar marfil y a romper  hueso. Rechinando antes de saltar al corro. Calibrando la diestra para atinar en la pera. Porque así funciona, aciertas o acierta.

No me fue bien la aventura tailandesa. Costearme el viaje con unos gramos no mereció la pena. A decir verdad, amigos he hecho y sexo no me falta en el país. Aunque también es cierto que barrotes adentro el show de las pelotas de ping pong cambia un poco. Porque no son de ping pong, entre otras cosas.

Sin ingreso alguno, no puedo pagar mi celda más que siendo compartido o peleando. Prefiero lo segundo. Los reclusos apuestan por un luchador que recibe su parte si se deshace del contrincante. Mientras respire, no cobras. Tras un agónico empate contra Xị̂ Khn x̂wn,  combate en el que me luxé el acromioclavicular, decidí optar por una tercera vía; acudir al taller de carpintería del centro de reinserción.

Comprobé que fabricaban de todo menos puertas para armarios y que no fui el único occidental que erró en su plan A de vacaciones estivales. Al fin y al cabo, hay planes hasta la Z.

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XXVI,5

Sin pólvora en dosis metálicas para la pipa ni un discurso elaborado era de esperar. Besas la lona y salpicas con sudor en el mejor de los casos todo lo que haya a un metro a la redonda. Mueres como un Santo con aureola de las trabajadas de arte moderno sobre roca. Tanto documento audiovisual y practicando frente al espejo para acabar mojando los pantalones. Los mismos que ibas a devolver en rebajas para hacerte con el capricho del mes y no perder así el espíritu de broker que llevas dentro.

Titubeas eléctricamente y suena bien, ecualizas tus cuerdas de manera que ocultas tus dudas y cuela. Aunque hay uno que te observa y pide explicaciones con los ojos secos de no parpadear. Y podrías ser tú.

Empachado de roscón bastardo decides montarte tu emporio repostero ahora que hay crisis. El caso es que falta el delantal con orejas de Goofy para abrir mercado. Pero, ¿desde cuándo ha sido un problema?

Sube el volumen y Feliz Año.

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Greyhound

Pobre animal, encerrado en una jaula. Un arma de caza natural pasando hambre y enfermando junto a otros de su raza en dos metros cuadrados. No pude aguantar y elegí a uno, al más joven. Al que tenía cientos de kilómetros aun por sprintar. Bien o mal razonado, dejamos atrás a los adultos, en silencio.

No le iba el vozal aunque lo portaba con estilo. Atado siempre en corto, obedecía mis órdenes. Creaba escuela en Doña Casilda. Nunca un ladrido fuera de tono ni una paloma desplumada delante los niños. Muy considerado. La disciplina se premiaba con salidas dominicales a la finca. Un par de liebres y listo. Hay que verle correr, tienes que mirar dos veces.

¿Y cuando se haga viejo qué? No quiero sogas para perros. Atento, que si se estira el galgo, buen día de caza.

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Mira y observa

Temblaba de frío, apenas sentía las manos pese a frotarlas repetidamente. El vaho que desprendía al espirar entorpecía el contacto visual directo con el objeto. Sin embargo, no podía abandonar mi posición, idónea respecto a la de mis rivales. Todos al acecho en un reducido e imperfecto corro.

Inmóvil, observaba esperando que se desprendiese progresivamente con cada movimiento torpe del babuino. Cruzábamos miradas y sonrisas de ceño fruncido cual hienas. Los segundos en la oscuridad pesaban y mis dedos se habían desprendido de la sensibilidad.

El caer del fruto rompió el tenso silencio sobresaltando a los presentes. Cual vil oportunista galopé hacia la presa sin éxito alguno al ser placado por la moral. O por la amoral.

Más tarde, se diluyó en la tierra dejando únicamente el recuerdo en la campa.

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De hoy, lunes

– ¿Y qué hacemos? No jodas, sin curro ni pasta siendo lunes. Hace bueno, pues al sol.

– Venga, ¿una de parque?

– Está hecho, que además tengo que contarte la de este fin de semana.

– ¿Liadón?

– Luego, luego. Que me escuchan en casa.

Quedamos en el banco que adoptamos como nuestro desde que un día en la adolescencia lo bautizáramos con cáscaras de pipas. Tendríamos tiempo para ponernos al día y aprovecharía para contarle anécdotas del viaje a la Gran Manzana.

Tras horas de cháchara arreglamos parte del mundo y echamos grandes risas. Poco a poco tendría que empezar a levantar el campamento. Merendamos frente a los patos.

Y merendamos frente a los patos.

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From Ereaga with love

Imposible de creer, el anuncio más esperado de prensa: Nueva jornada de pruebas para actores amateur en Vizcaya. Hablamos de publicidad, claro. No lo asimilaba, se rodaría en el Puerto Deportivo, junto al árbol navideño de Indautxu… Como en casa. Claramente era mi oportunidad para despegar como artista.

Necesitaba el papel, tenía que ser mío. Había trabajado duro y, sinceramente, me lo merecía. Tras meses de infructuosos castings tenía el presentimiento de que éste sería diferente. Me apliqué con la interpretación y las clases de flauta. No descuidé mi línea. Confiaba en que el maquillaje, la iluminación y decorados hiciesen el resto. Era mi spot.

Qué impaciencia, ya veréis cuando lo suban a Youtube, ¡causaré sensación!

“Merry Christmas to all, and to all a good night”


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Tropezando

Definitivamente elegí un mal día para dejar de esnifar pegamento. Con el dolor aún presente tiré de imaginación para obviarlo y seguir conduciendo sin salirme del carril. No estaban a menos de dos coches de distancia según mi retrovisor. Rechinaban mis dientes y el puto carro no daba más de sí. Y me desangraba, qué náuseas. Espabila coño, no te duermas ahora.

El invierno estaba siendo duro en mi Rusia natal y los alimentos escaseaban en el campo. Mi empleo como labrador de tierras tenía sus días contados y veía que tendría que deshacerme de mis bienes para arañar al menos un año más de vida digna. Aguantar, resistir, sobrevivir… mi situación económica me estaba consumiendo lentamente. Vender incluso hasta mi todopoderoso todoterreno, desprenderme de mi modesto estatus. No me hagas esto, vida.

Mi adolescencia no fue fácil; ni difícil. No fue. Con responsabilidades siendo tan sólo un chaval, tuve que crecer rápido. En el centro de menores hice buenas amistades y adquirí conocimientos realmente útiles para desenvolverme en mi cotidianidad. Claramente no es algo de lo que me enorgullezco pero sí de lo que estoy agradecido.

Colmado el vaso con la última gota, salí de casa con la intención de jugármelo todo a la carta más alta, que ni siquiera era un as, siendo consciente de que la probabilidad iría en mi contra. Kilómetros antes de llegar a mi destino, Caja de Tol’yatti, de la manera más infantil, al desviar mi vista a la guantera abierta mientras buscaba el pasamontañas me quedé embobado mirando el objeto de placer que junto a él se hallaba; ese tubo mal cerrado medio vacío de Supergen que de tan malos momentos me abstrajo… Cuando me salté un control policial.

Resulta agradable confesar que en el calabozo no paso ni frío, ni hambre. Qué recuerdos de la juventud.

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