Archivo de la categoría: Unos y Ceros

Algún euro y pico

Yo pensaba que de eso ya no había, que no existía, ya sabes. De temple analógico y de alma mecánica. Pues me equivocaba. Un acierto haber omitido la precaución y haber visitado aquel antro descuidado y secundario, con la maestra de ceremonias durmiendo en el rincón.

Sin querer perturbar su descanso, me acerco a la barra sigiloso y pregunto por ella. Quizás, aunque mayor, siga orquestando de vez en cuándo. Cosa que desearía vivir.

Introduje la moneda y seleccioné el tema. Desperezándose, la gramola despertaba para los siete próximos minutos. Fue amor al primer beat.

Nunca una aguja había hecho tanto daño.

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Apretando el esfínter

Día parcialmente nuboso de temperatura agradable. Ni un alma por la calle. Con el pan bajo el brazo y el periódico arrugado bajo el otro busco desganado las llaves de casa en el bolsillo. Con los dedos rozo lo que parece la cartera. La envuelve un sucio kleenex que aparto para descubrir el manojo. Al aproximarme a la cerradura un tipo sale de golpe del portal y desaparece ante mi resaca. Con lo que pesa la puerta, me ha hecho un favor, pienso.

Puerta

El ascensor averiado, vaya gracia. Subir a un quinto a pata no es agradable sin haber desayunado ibuprofeno tal día como hoy. Cabizbajo miro pasar los peldaños con la boca seca. Varios eructos cubateros después llego a mi descansillo. Astillas sobre el felpudo. Como Pulgarcito siguiendo las miguitas de pan, levanto mi vista hasta los ciento y pocos centímetros del suelo. Me ahorro volver a buscar las llaves. Empujo la cortina de madera y entro.

No me ha hecho un favor, pienso.

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Paracertamall

Se empezaba a notar el asentamiento de las masas de aire frío sobre la Schwarzwald. En otras palabras, que en mi pequeño pueblo de las montañas teutonas ya hacía una rasca de pelotas. Ni rastro del ocasional viento sur ni de las hojas de los frutales en el jardín. Una manta heladora había pasado página estacional de forma repentina. Pese a mi cuarto de siglo pasado, mi madre insiste, “abrígate más, Franz, que te vas a constipar”. Como madre que es, tiene que decirlo. Como hijo que soy, tengo que ser hijo.

Aprovechando el puente festivo que cerraba el primer tercio del curso, organicé una quedada en mi casa con mis compañeros de máster. El propósito del encuentro era prepararnos para el certamen de ice swimming de la región, modalidad de estilo libre. ¿Y por qué? Por inocentes propuestas que nacen alrededor de una mesa, cogen fuerza con una cerveza y mueren con un, no hay huevos.

Como buen anfitrión, abriría yo la temporada sorprendiendo a mis colegas con un clásico de entre los clásicos, el salto atemporal por excelencia, un hit veraniego en pleno diciembre para salpicar al jurado en un futuro cercano. Y al más puro estilo ClaviculaRota inauguré un charco de risas, contusiones e inflamaciones varias.

Hielo, por favor.

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Reunión de pastores

Joder, puto curro. Hasta los huevos de la obra. Ruido, polvo, gritos, bocadillo, rotaflex, viruta, pitillo, remacha, corta, partida, carajillo, desbroza, barre, recoge. A casa. Y otro día más.

Casi pierdo el trabajo de toda una vida por un inspector de seguridad, por un infeliz sacapuntas que se preocupa por mi salud y por que esté guapo con casco. Cuando esté dejándome los riñones en mala postura que venga también a regañarme y a aconsejarme una práctica segura. Y seguiré esperando. Imagino que hasta se quitará el suyo según salga por la puerta y ni siquiera esperará a llegar al coche, lo veo. Mucha imagen y pocas nueces. Toda una vida a la par del segundero y tengo que aguantar que me digan que las prisas no son buenas consejeras, qué mentira, ¡a tu padre le vas a enseñar a hacer hijos!

– Vaya estruendo, ¡Mario! ¿Qué pasa? Te dije que no soltaras el nudo aún.

Una multitud interdisciplinar se agolpaba en el recinto de la nueva construcción encabezados por varios individuos con chaleo reflectante.

Y ya sabéis, reunión de pastores, oveja muerta.

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Y por qué no

Con el canasto de desgastado mimbre lleno de tierra corría entre helechos saltando sobre los charcos escapando del Lobo. Las zarzas  arañaban mi chubasquero rojo dejando trazas de impermeable bajo los pinos. Las raíces sobre el camino me zancadilleaban aliadas con el resbaladizo musgo de las rocas. Con los pies calados y exhausto paré para tomar aire. La niebla me invitaba a explorar la ruta errónea.

Con pocos minutos de luz y el miedo en la cesta, me disponía a improvisar un refugio que me cobijara de la lluvia. A lo lejos una silueta se distinguía y aproximaba suavemente. Levitaba a baja altura vagando al ritmo de las embestidas del viento. Me agaché y até las botas firmemente.

Pasos atrás, junto al borde del precipicio, de espaldas al salto de agua, me esperaba una salida inmerecida. Apreté los dientes.

¿Qué pensabas, Lobo?

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Cuando batí el record

Cogí el polvoriento álbum de fotos de aquel maravilloso verano, para recordar. Nuevo Méjico, 1960. Qué años. Qué imágenes más curiosas. En blanco y negro. Con 32 años y parezco un viejo, un viejo prematuro. Qué impresión. ¿Vídeos? Hoy día no hay un nieto mío que no tenga un artilugio con el que archivar uno.  Sin embargo, en su día el Gobierno me tuvo que facilitar los mejores instrumentos de grabación y mi agosto quedó para la posteridad, afortunadamente .

Desde pequeño fui amante de la velocidad, lanchas rápidas, aviones de guerra, ya sabes, velocidad. Vi claro mi futuro como piloto de las Fuerzas Aéreas, de todas formas, ¿quién se iba a oponer a las atractivas campañas del ejército con las que bombardeaban mi universidad? Además, estaba soltero.

Habiendo recibido la mejor formación física y mental que un aviador puede recibir, tras superar con éxito los más duros entrenamientos del  programa, me eligieron como el adecuado para dar el salto. Qué expresión, dar el salto. Qué apropiado.

Jugar con un globo de feria de helio tiene su encanto, pero que te eleve a 31km de altura, más.

Captain Joe Kittinger

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Marcando tendencias

No era fácil seguir el ritmo de la coreografía, pese a que escogiera la de ellas. Menos física pero más técnica. Ya imaginas, patada por aquí, salto imposible por allá. Ya no soy tan flexible, amiga. Sin embargo, no se me dio del todo mal. Me vistieron como a una más y mi colaboración pasó desapercibida.

Despertamos a medio mundo, a ese medio mundo al que se puede despertar. Grandes marcas y jugadores de fútbol se fijaron en nosotras para sus anuncios, entre otras cosas. Enseñamos más inglés que Muzzy con Planeta de Agostini y Sesame Street juntos. La letra con sangre por los oídos entra.

Toda una generación de niñas sin valores imitó mi estilo de mujer trepa y apasionada. Qué gozada.

Gracias Pepsi.

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Con las axilas mojadas

Joder, otra vez tarde. Mal día para quedarme dormido. Puto despertador, puto subconsciente… ¿Cómo iba a llegar ahora a la entrevista de trabajo a tiempo? Cruzar la ciudad en transporte público no era lo más apetecible en esas circunstancias teniendo de acompañantes de viaje a la cuenta atrás y a los hermanos Claxon del maldito tráfico. Menudo lunes, qué cagada el cambio de hora, ¿para qué el ahorro energía? Mierda…

Cuatro paradas después de pillar el bus in extremis, consigo apoyar mis nalgas. Ya era hora de que el jodido gordo mórbido metiese su glúteo sólo en su sitio, por el amor de Dios… Y para colmo ahora me tiene que pasar por delante; se baja en la próxima y a oler su estela. Hay que joderse. ¡Hostia! Ahora que me acuerdo, me he dejado el CV en casa. Una vez más, qué cagada.

En el intercambio de gente, tras el que pude abrir por fin el 20 minutos, ocupó el antiguo sitio del obeso un señor de tez morena y cuatro veces menos corpulento que el anterior viajero. Yo mientras, trataba de resolver el sudoku al tiempo que miraba mi reloj vigilando mi retraso. De forma espontánea mi nuevo compa se presentó extendiéndome la mano:

– Egun on amigo, me llamo Moussa.

– Qué bien Moussa, yo… estoy haciendo un sudoku ¿vale?

El hombre insistía con lo que parecía un consejo:

– Las prisas no son buenas consejeras.

– ¿Qué sabrás tú, Loussa?

Sin perder la compostura, continuó:

– Es Moussa, un nombre bereber. Llegué a la ciudad a estudiar hace unos meses. Antes me dedicaba al pastoreo con mi pueblo nómada.

– ¿Bereber? ¿Del desierto? Si allí no tenéis ni agua…

– Ni reloj, pero allí tenemos tiempo.

Prefiero no hablar de la entrevista… Me quedé con el misterioso tipo tomando un té durante toda la mañana. Un personaje muy interesante.

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Mucha miga

Simpático perro ladrón de bocadillos me babeó la mano al saltar sobre mi bacon-queso. Qué perro el can, me birló el alimento recién horneado. Ni despedirse al salir por patas, oye. ¿Que por qué te cuento esto?

Una mañana primaveral de invierno decidí exponerme  a los rayos de sol en aquel barnizado del paseo. Junto a la ría, marea alta, turistas frente al Guggen, biciclistas de bidegorri, mi Orbea apoyada en el cesped… Y la chapata de 3’95 del Zubialde.

Poco después de morder el currusco, un anciano con barba que caminaba encorvado ayudado por su cachava tallada por su palma, tomó asiento a mi lado para coger aire. Entabló conversación con mucha facilidad, cualquier excusa le bastó para vomitarme sus problemas de salud o su precaria situación económica. Pensaba que dos no reñían si uno no quería, que me deje en paz, coño. A lo que le pregunté, pues ¿no toma nada para ser feliz con tanta angustia?

– Sí chaval, decisiones.

Me quedé congelado a 22ºC en plena calle. Momento que aprovechó un hábil bobtail para mangarme el bocata.

– ¿Y tú? ¿Ya has decidido alguna vez? Entre otras cosas, joven, disfruta del pánico de tener la vida por delante.

Qué buena.

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Jornada Laboral

Luces de colores, villancicos sin villanos, lazos sobre hermosos regalos, bastones de caramelo, adorables renos, fieles ayudantes, trineos cuidadosamente barnizados y blancos copos significan mi entorno de trabajo. Maravilloso, una cotidianidad inmejorable y envidiable incluso por Melchor y Compañía. ¿Algo que achacar? Sí, el vestuario. Pero eso es tema de Coca-Cola.

Por raro que parezca, esta perfección me terminó erosionando. Tanta desigualdad… Ni vacaciones durante tres trimestres al año, ni amigables abrazos de simpáticos desconocidos, ni siquiera un generoso sueldo o mi empleo vitalicio asegurado por la sociedad actual bastaron para mantener mi ser despierto.

Una cosa lleva a la otra, que pim que pam como decía aquel, del turrón al vino, del cognac a los barbitúricos. Y de éstos al trono a por el siguiente niño.

Pero ya se sabe, leña al Secutity Guy para encontrar la salida del pasillo y estar listo para la siguiente campaña. ¿Acaso crees que vagueo el otro trimestre? Entre promociones me vuelven ‘looco’.

Por cierto, sangre sobre la nieve… creo que lo he vivido antes.

Forza Santa!

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