Paracertamall

Se empezaba a notar el asentamiento de las masas de aire frío sobre la Schwarzwald. En otras palabras, que en mi pequeño pueblo de las montañas teutonas ya hacía una rasca de pelotas. Ni rastro del ocasional viento sur ni de las hojas de los frutales en el jardín. Una manta heladora había pasado página estacional de forma repentina. Pese a mi cuarto de siglo pasado, mi madre insiste, “abrígate más, Franz, que te vas a constipar”. Como madre que es, tiene que decirlo. Como hijo que soy, tengo que ser hijo.

Aprovechando el puente festivo que cerraba el primer tercio del curso, organicé una quedada en mi casa con mis compañeros de máster. El propósito del encuentro era prepararnos para el certamen de ice swimming de la región, modalidad de estilo libre. ¿Y por qué? Por inocentes propuestas que nacen alrededor de una mesa, cogen fuerza con una cerveza y mueren con un, no hay huevos.

Como buen anfitrión, abriría yo la temporada sorprendiendo a mis colegas con un clásico de entre los clásicos, el salto atemporal por excelencia, un hit veraniego en pleno diciembre para salpicar al jurado en un futuro cercano. Y al más puro estilo ClaviculaRota inauguré un charco de risas, contusiones e inflamaciones varias.

Hielo, por favor.

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Reunión de pastores

Joder, puto curro. Hasta los huevos de la obra. Ruido, polvo, gritos, bocadillo, rotaflex, viruta, pitillo, remacha, corta, partida, carajillo, desbroza, barre, recoge. A casa. Y otro día más.

Casi pierdo el trabajo de toda una vida por un inspector de seguridad, por un infeliz sacapuntas que se preocupa por mi salud y por que esté guapo con casco. Cuando esté dejándome los riñones en mala postura que venga también a regañarme y a aconsejarme una práctica segura. Y seguiré esperando. Imagino que hasta se quitará el suyo según salga por la puerta y ni siquiera esperará a llegar al coche, lo veo. Mucha imagen y pocas nueces. Toda una vida a la par del segundero y tengo que aguantar que me digan que las prisas no son buenas consejeras, qué mentira, ¡a tu padre le vas a enseñar a hacer hijos!

– Vaya estruendo, ¡Mario! ¿Qué pasa? Te dije que no soltaras el nudo aún.

Una multitud interdisciplinar se agolpaba en el recinto de la nueva construcción encabezados por varios individuos con chaleo reflectante.

Y ya sabéis, reunión de pastores, oveja muerta.

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Mira y observa

Temblaba de frío, apenas sentía las manos pese a frotarlas repetidamente. El vaho que desprendía al espirar entorpecía el contacto visual directo con el objeto. Sin embargo, no podía abandonar mi posición, idónea respecto a la de mis rivales. Todos al acecho en un reducido e imperfecto corro.

Inmóvil, observaba esperando que se desprendiese progresivamente con cada movimiento torpe del babuino. Cruzábamos miradas y sonrisas de ceño fruncido cual hienas. Los segundos en la oscuridad pesaban y mis dedos se habían desprendido de la sensibilidad.

El caer del fruto rompió el tenso silencio sobresaltando a los presentes. Cual vil oportunista galopé hacia la presa sin éxito alguno al ser placado por la moral. O por la amoral.

Más tarde, se diluyó en la tierra dejando únicamente el recuerdo en la campa.

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De hoy, lunes

– ¿Y qué hacemos? No jodas, sin curro ni pasta siendo lunes. Hace bueno, pues al sol.

– Venga, ¿una de parque?

– Está hecho, que además tengo que contarte la de este fin de semana.

– ¿Liadón?

– Luego, luego. Que me escuchan en casa.

Quedamos en el banco que adoptamos como nuestro desde que un día en la adolescencia lo bautizáramos con cáscaras de pipas. Tendríamos tiempo para ponernos al día y aprovecharía para contarle anécdotas del viaje a la Gran Manzana.

Tras horas de cháchara arreglamos parte del mundo y echamos grandes risas. Poco a poco tendría que empezar a levantar el campamento. Merendamos frente a los patos.

Y merendamos frente a los patos.

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Y por qué no

Con el canasto de desgastado mimbre lleno de tierra corría entre helechos saltando sobre los charcos escapando del Lobo. Las zarzas  arañaban mi chubasquero rojo dejando trazas de impermeable bajo los pinos. Las raíces sobre el camino me zancadilleaban aliadas con el resbaladizo musgo de las rocas. Con los pies calados y exhausto paré para tomar aire. La niebla me invitaba a explorar la ruta errónea.

Con pocos minutos de luz y el miedo en la cesta, me disponía a improvisar un refugio que me cobijara de la lluvia. A lo lejos una silueta se distinguía y aproximaba suavemente. Levitaba a baja altura vagando al ritmo de las embestidas del viento. Me agaché y até las botas firmemente.

Pasos atrás, junto al borde del precipicio, de espaldas al salto de agua, me esperaba una salida inmerecida. Apreté los dientes.

¿Qué pensabas, Lobo?

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Cuando batí el record

Cogí el polvoriento álbum de fotos de aquel maravilloso verano, para recordar. Nuevo Méjico, 1960. Qué años. Qué imágenes más curiosas. En blanco y negro. Con 32 años y parezco un viejo, un viejo prematuro. Qué impresión. ¿Vídeos? Hoy día no hay un nieto mío que no tenga un artilugio con el que archivar uno.  Sin embargo, en su día el Gobierno me tuvo que facilitar los mejores instrumentos de grabación y mi agosto quedó para la posteridad, afortunadamente .

Desde pequeño fui amante de la velocidad, lanchas rápidas, aviones de guerra, ya sabes, velocidad. Vi claro mi futuro como piloto de las Fuerzas Aéreas, de todas formas, ¿quién se iba a oponer a las atractivas campañas del ejército con las que bombardeaban mi universidad? Además, estaba soltero.

Habiendo recibido la mejor formación física y mental que un aviador puede recibir, tras superar con éxito los más duros entrenamientos del  programa, me eligieron como el adecuado para dar el salto. Qué expresión, dar el salto. Qué apropiado.

Jugar con un globo de feria de helio tiene su encanto, pero que te eleve a 31km de altura, más.

Captain Joe Kittinger

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Canódromo

Intenté avisarle de que mi puño era letal, que estaba muy loco. Que con mis 16 años aparento 19. Que le dejaría mi escudo familiar marcado en el pómulo. Que entre el Kevin y el Punteras le partiríamos en dos. Pero se emperró en que siguiese sus instrucciones.

Salía el viernes por la tarde del insti camino del polígono en la scooter cuando un munipa me dio el alto.

– ¿A dónde va usted sin casco? La documentación del ciclomotor y su licencia, por favor.

Vaya liada la que me preparaba el señor agente.

– Sáquese un donuts – le propuse.

– Joven, será mejor que obedezca o me veré obligado a confiscarle el vehículo.

– ¿Confis qué? Mira, mira…

Y al tiempo que mostraba mis cadenas de oro ocultadas por mi cami Scorpion nueva, le advertí:

– Atiende pavo, soy…

 

Terminada la coreografía, el loco colega de policía quedó inmerso en un bucle epiléptico-festivo en el que seguía agitando los brazos arriba y abajo, momento que aproveché para dar gas a mi 49c.c. y petarla en el canódromo.

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Marcando tendencias

No era fácil seguir el ritmo de la coreografía, pese a que escogiera la de ellas. Menos física pero más técnica. Ya imaginas, patada por aquí, salto imposible por allá. Ya no soy tan flexible, amiga. Sin embargo, no se me dio del todo mal. Me vistieron como a una más y mi colaboración pasó desapercibida.

Despertamos a medio mundo, a ese medio mundo al que se puede despertar. Grandes marcas y jugadores de fútbol se fijaron en nosotras para sus anuncios, entre otras cosas. Enseñamos más inglés que Muzzy con Planeta de Agostini y Sesame Street juntos. La letra con sangre por los oídos entra.

Toda una generación de niñas sin valores imitó mi estilo de mujer trepa y apasionada. Qué gozada.

Gracias Pepsi.

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The New Dantzari

Surgió la oportunidad, dejé mi antiguo empleo de reparador de videoconsolas que tan poco dinero me generaba últimamente. Yo siempre fui de Sega, pero no hacía ascos a Nintendo y asociados. Probé suerte como bailarín de una destacada artista del mundo del pop. Viajar por el mundo rodeado de chicas guapas y coordinadas se presentaba como una opción muy interesante a corto plazo. ¿Operarme de la vista? Primero tendría que superar las duras rondas contra mis preparados y envidiosos contrincantes.

En el camino de vuelta a casa del obsoleto taller tras una paupérrima jornada, en la vieja marquesina aprecié un colorido póster con sugerentes siluetas que llamaban a participar en un casting de baile para optar a formar parte del grupo de coreografía de la top ventas del condado. Y pensé, ¿qué hago con mi vida? ¿Para qué tantas horas invertidas en el Samba de Amigo y SingStar? Cogí mi sudadera de la suerte y la línea 47B, que me dejaba justo en el pabellón de Clarckdale.

¡Keith! Tu turno.

 Os dejo que pierdo el bus de vuelta a Santa Mónica.

A bailar.

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Con las axilas mojadas

Joder, otra vez tarde. Mal día para quedarme dormido. Puto despertador, puto subconsciente… ¿Cómo iba a llegar ahora a la entrevista de trabajo a tiempo? Cruzar la ciudad en transporte público no era lo más apetecible en esas circunstancias teniendo de acompañantes de viaje a la cuenta atrás y a los hermanos Claxon del maldito tráfico. Menudo lunes, qué cagada el cambio de hora, ¿para qué el ahorro energía? Mierda…

Cuatro paradas después de pillar el bus in extremis, consigo apoyar mis nalgas. Ya era hora de que el jodido gordo mórbido metiese su glúteo sólo en su sitio, por el amor de Dios… Y para colmo ahora me tiene que pasar por delante; se baja en la próxima y a oler su estela. Hay que joderse. ¡Hostia! Ahora que me acuerdo, me he dejado el CV en casa. Una vez más, qué cagada.

En el intercambio de gente, tras el que pude abrir por fin el 20 minutos, ocupó el antiguo sitio del obeso un señor de tez morena y cuatro veces menos corpulento que el anterior viajero. Yo mientras, trataba de resolver el sudoku al tiempo que miraba mi reloj vigilando mi retraso. De forma espontánea mi nuevo compa se presentó extendiéndome la mano:

– Egun on amigo, me llamo Moussa.

– Qué bien Moussa, yo… estoy haciendo un sudoku ¿vale?

El hombre insistía con lo que parecía un consejo:

– Las prisas no son buenas consejeras.

– ¿Qué sabrás tú, Loussa?

Sin perder la compostura, continuó:

– Es Moussa, un nombre bereber. Llegué a la ciudad a estudiar hace unos meses. Antes me dedicaba al pastoreo con mi pueblo nómada.

– ¿Bereber? ¿Del desierto? Si allí no tenéis ni agua…

– Ni reloj, pero allí tenemos tiempo.

Prefiero no hablar de la entrevista… Me quedé con el misterioso tipo tomando un té durante toda la mañana. Un personaje muy interesante.

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